El Don de la Vida
Centro de Bioética
Facultad de Medicina PUC

Material de Bioética

Fecha: 2006
Expositor(es): Fernando Chomali
Tema: Algunas Consideraciones en Torno a la Vida
El Estatuto del Embrión Humano

Introducción

En nuestro país hay una serie de proyectos de ley en relación a temas que involucran al embrión humano. Cito, por ejemplo, el que trata sobre la fecundación artificial y sobre los temas vinculados específicamente con la manipulación genética. Además, un gran debate se ha generado a raíz de la posibilidad que se comercialice en Chile la llamada "píldora del día después". Por otra parte, es sabido que un grupo de personas están abogando con el propósito de que se legisle respecto al aborto "terapéutico".

Este tema también es relevante para el mundo científico, en virtud de la pregunta que muchos se hacen acerca de la licitud, desde el punto de vista ético, de realizar investigaciones médicas experimentando con embriones en la fase inicial de su existencia, e incluso llegar a clonarlos para extraer de los clones células madre con el objeto de obtener tejidos para uso terapéutico.

A la luz de lo que significa lo recientemente planteado, reflexionar respecto del embrión humano es un imperativo. Esta reflexión ha de realizarse tanto desde el punto de vista ontológico, -responder la pregunta acerca del ser del embrión -, como del ético, - responder la pregunta acerca de los actos humanos y la responsabilidad que le cabe a los hombres respecto de estos-. Por último, resulta fundamental preguntarse acerca de su estatuto jurídico, con el propósito de determinar de qué manera la sociedad toda, a través de su ordenamiento jurídico, se ha de responsabilizar de él. Estas tres preguntas están íntimamente relacionadas, en virtud de que la repuesta que se dé con respecto al ser del embrión va a condicionar gravemente las respuestas acerca del comportamiento respecto del mismo, así como la legislación que surja de esta realidad.

Abordar este tema es una urgencia primaria debido al gran interés que existe tanto en realizar investigaciones con embriones humanos, ya sea con fines reproductivos, diagnósticos o terapéuticos, como en introducir al mercado un producto químico que impida al embrión de cinco días de vida anidarse en el útero materno y seguir su desarrollo normalmente. El imperativo de abordar el tema está dado porque está en juego el futuro de vidas humanas. Renunciar a responder en forma profunda al estatuto y a la identidad del embrión humano va en contra de la exigencia de la razón que requiere conocer la verdad y actuar en consecuencia. Será a la luz de esta respuesta que podremos afrontar de modo adecuado la manera como se ha de actuar en relación a él.

I. El estatuto ontológico del embrión humano

Al observar tanto el gameto masculino como el femenino, se percibe que son dos sistemas autónomos que están ordenados el uno al otro. Tanto el óvulo como el espermatozoide son en potencia un individuo humano. Si no se unen entre ellos, cada cual queda en su situación inicial. Cuando se produce la fertilización, es decir cuando el espermatozoide penetra el óvulo, pierden su propia autonomía, dando lugar a un nuevo sistema que posee una nueva identidad biológica y que lleva grabado en sí mismo un nuevo programa completo e individualizado, estrictamente suyo, con una teleología que le es propia. El cigoto no es una mera posibilidad de un sistema unificado. Este es el mismo sujeto que se desarrolla y mantiene en cada fase una unidad óntica y continua con la fase precedente (Cf. Sgreccia E., Manual de Bioética, Ediciones Diana, México 1994, 337-343). Este sistema, con un patrimonio genético propio y exclusivo de la especie humana, individualiza al recién concebido con características que le son propias, constituyendo una auténtica novedad. Cada ser humano que habita en el planeta es único e irrepetible.

El nuevo genoma del que está dotado el embrión unicelular es su estructura coordinadora, la cual se caracteriza por identificar al embrión unicelular como biológicamente humano, que se autoconstruye y se automantiene. Este nuevo ser posee una teleología, es decir una finalidad que le es propia, constituyéndose en un fin por sí mismo y no por otro. En ese sentido es erróneo afirmar que es un programa ejecutado por los órganos de la madre aunque, obviamente, requiere de ella para desarrollarse. Más bien: "el neoconcebido tiene una propia y bien determinada realidad biológica: es un individuo totalmente humano en desarrollo, que autónomamente, momento a momento, sin ninguna discontinuidad construye la propia forma siguiendo, por intrínseca actividad, un diseño proyectado y programado en su mismo genoma" ( Serra A., Il neoconcepito alla luce degli attuali sviluppi della genetica umana, en Fiori F., Sgreccia E., L' aborto. Riflessioni di studiosi cattolici, Milano 1975, 130).

A la luz de los datos que aporta la ciencia, se percibe que no estamos en presencia de un ser humano potencial que se haya en un proceso de humanización. Estamos en presencia de un ser humano, que si no lo ha sido desde el momento de la fecundación, no lo será nunca. Ello en virtud de que la vida humana no va precedida de vida vegetal o de algún ser indiferenciado de otra especie. Aristóteles pensaba, equivocadamente, que el alma provenía del semen y el cuerpo provenía de la materia materna. Esta alma era primero vegetativa, después sensitiva y luego racional y sostenía que esta sucesión marcaba la expresión del alma humana de acuerdo al desarrollo y la organización del cuerpo del embrión. Según Aristóteles, en el que se inspiró Tomás de Aquino, es la misma alma, pero que se despliega de estas tres maneras. De esta gradualidad de "potencias del alma" es que se acuñó el término de persona potencial.

Desde un punto de vista filosófico también es falso afirmar que el embrión es un ser humano potencial. Si no lo ha sido desde el primer momento no lo será nunca. Lo que sí es potencial es su desarrollo: se es neonato en potencia, niño en potencia, adolescente en potencia, estudiante en potencia. Esto, porque se es un ser humano en acto. Por lo tanto, no estamos en presencia de un ser humano potencial sino que en presencia de un ser humano con sus potencialidades.

Por otra parte, tampoco es cierta la teoría gradualista que postula que durante el desarrollo habrían umbrales o niveles después de los cuales habrían cambios de programas, es decir que durante el proceso habría una serie de cambios cualitativos. En realidad, estamos en presencia de un único proceso que tiene las características de ser continuo, gradual y coordinado. Es siempre el mismo individuo el que va adquiriendo su forma definitiva gracias a la coordinación de miles de genes estructurales que confieren una estrecha unidad al organismo que se desarrolla en el espacio y en el tiempo. Se es o no se es humano. No existen, desde el punto de vista del ser, estadios intermedios que permitan calificarlo de más humano o menos humano. Quienes sostienen esta tesis definen al ser humano por su cronología y no por su ontología, lo que es una arbitrariedad. ¿En virtud de qué es que la experimentación con embriones antes de los catorce días desde el momento de la fecundación es legal y después se vuelve delictuosa? ¿En virtud de qué principio el embrión no merece respeto en sus primeros días de desarrollo a tal punto de impedir que se anide en el útero materno? ¿Acaso le corresponde al tiempo determinar en qué momento estamos en presencia de un ser humano o es la realidad la que nos da dicha información?

Desde el punto de vista cualitativo, es el mismo ser el que se desarrolla en el espacio y en el tiempo. Desde el punto de vista cuantitativo, apreciamos cambios que nos permiten describirlo como embrión, feto, neonato, niño, adolescente, adulto, viejo, pero siempre tratándose del mismo ser. Como dice el Documento vaticano Donum Vitae, el cual trata acerca de las interrogantes éticas que suscitan las técnicas de reproducción artificial: "Los términos 'cigoto', 'pre-embrión' y 'feto' en el vocabulario biológico pueden indicar estadios sucesivos en el desarrollo del ser humano. La presente Instrucción utiliza libremente estos términos, atribuyéndoles un idéntico sentido ético" ( Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción "Donum Vitae", sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Preámbulo. El término pre-embrión fue acuñado para referirse al producto de la concepción hasta los 14 días, que podía ser usado como objeto de experimentación. Este término es equívoco y merece ser analizado. Será correcto utilizarlo si quiere expresar una fase más del desarrollo de embrión, como los términos mórula, blástula, embrión, feto, pero no es correcto si quiere significar que en dicho estadio del desarrollo estamos en presencia de una vida no humana o no todavía humana).

Por todo lo recientemente planteado se comprende con mayor claridad la posición de la Iglesia cuando postula que: "Desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida, que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces... Con la fecundación se inicia la aventura de una nueva vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar" ( Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre el aborto procurado, 12-13) .

Esta posición respetuosa de la vida humana desde su inicio, ha sido asumida por varias recomendaciones del Consejo de Europa. Leemos en el nº 5 de la Recomendación 1046 del Consejo de Europa, "desde el momento de la fertilización del óvulo la vida humana se desarrolla con un proyecto continuo, y que no es posible realizar una neta distinción durante las primeras fases embrionales de su desarrollo, y que la definición de un estatuto biológico del embrión es por lo tanto necesaria", y en el nº10 que "los embriones y los fetos deben ser tratados es todas las circunstancias con el respeto debido a la dignidad humana".

II. Visiones en torno al estatuto del embrión humano

En el ámbito filosófico existe una gran discusión acerca del estatuto del embrión humano en cuanto persona. Las teorías que se han ido haciendo son la sensitiva, la antinaturalista, la funcionalista-actualista, la ontológica-sustancialista y, por último, la jurídica.

La Iglesia está consciente de la existencia y complejidad de este debate. Pero no duda en afirmar que un individuo humano no podría ser sino una persona humana y que, en cuanto tal, merece ser respetado. Ello implica que se le deben reconocer los derechos que le son debidos en cuanto tal.

a. Visión sensitiva

Para Meter Singer, director del Center for Human Bioethics en la Monash University de Melbourne, Australia, el concepto de persona está vacío de significado en cuanto que se puede hablar de tal solamente en la medida que tenga la capacidad de sentir placer y/o dolor. Dado que la sensibilidad consciente exige la existencia del sistema nervioso central, quienes sostienen esta teoría le reconocen ciertos derechos a algunos animales adultos pero se lo niegan a los embriones humanos, en cuanto que todavía no se les ha manifestado el sistema nervioso central por estar en desarrollo.

En base a esto, el autor plantea que se debe "rechazar la teoría según la cual la vida de los miembros de nuestra especie tiene más valor que la de los miembros de otras especies. Algunos seres pertenecientes a especies diversas de la nuestra son personas; algunos seres humanos no lo son. Ninguna valoración objetiva puede atribuir a la vida de seres humanos que no son personas, mayor valor que a la vida de otras especies que lo son (por ejemplo los monos antropomorfos). Por el contrario, tenemos razones muy fuertes para dar más valor a la vida de las personas que a la de las no personas. Y así, parece que es más grave matar, por ejemplo, a un chimpancé que a un ser humano gravemente discapacitado, que no es una persona" (Singer P. Practical ethics, Cambridge University press. Oxford 1979, 102) . Esto ya que al no poseer razón ni estar conscientes de sí mismos, son incapaces de sentir placer o dolor, y por lo tanto no son personas. Según el autor son muchos los animales no humanos, así como ciertos recién nacidos y ciertos enfermos discapacitados que entran en esta categoría, es decir, de ser no personas.

b. Visión antinaturalista

Quienes sostienen esta visión postulan la irrelevancia de los datos que aporta la biología para definir el estatuto ontológico del embrión. Rechazan la idea que a partir del dato empírico se puede comprender su estatuto ético. Dicho de otra manera, niegan que del ser pueda surgir el deber ser. Los antinaturalistas le atribuyen gran importancia a los significados existenciales que los hombres y las mujeres le dan a los fenómenos de sus vidas. Argumentan que estos significados no son derivables de los fenómenos naturales considerados tal cual son, sino que provienen más bien de fenómenos de índole cultural, es decir fruto de la praxis humana, del contacto y la comprensión que el hombre hace de estos fenómenos.

A la luz de esta perspectiva, el significado, la sustancia, y la consumación de la vida personal se funda en las relaciones humanas. Éstas son la medida para valorar a la persona por lo que, a mayores interrelaciones humanas, mayor valor.

Otros autores llegan a afirmar que el embrión adquiere el estatuto de persona solamente en la medida en que se inserte en el universo de la comunicación simbólica. Esto quiere decir que entre el ser orgánico (biológico) y el simbólico (cultural), se sitúa la instancia psíquica a la cual hace referencia el mundo de las relaciones, la afectividad, la esperanza, la fe, etc.

Otros llegan a afirmar que el embrión es persona en la medida que es aceptado por sus padres. Puesto que en el feto no se puede comprobar un comportamiento humano, entonces el único criterio objetivo para reconocer su presencia es la actitud de la madre. Así la relación social es fruto del consentimiento expreso de la madre o de los progenitores, condicionando el estatus de persona a que se concrete dicha relación.

Esta visión es errada. No es la relación la que constituye la realidad del sujeto, sino que es la realidad del sujeto la que hace posible la relación. Si no hay realidad, no puede haber relación. Para entrar en relación hay que existir. Es la individualidad biológica del embrión lo que da testimonio que es otro, distinto de los demás, y que merece respeto en virtud del valor intrínseco que lleva grabado.

c. Visión funcionalista-actualista

La visión funcionalista-actualista pretende definir a la persona por sus manifestaciones externas, es decir por el conjunto de operaciones que es capaz de realizar.

Esta mirada del hombre no pone el énfasis en su ser en cuanto tal (su sustancia), sino que centra la atención en las manifestaciones que lo caracterizan, como por ejemplo, el pensamiento, la consciencia, la libertad, las relaciones, etc. Quienes así piensan, consideran irrelevante el discurso ontológico, centrando la mirada en lo fenomenológico. Esa es la posición del bioeticista H.T. Engelhardt, que define a la persona por la autoconsciencia, la autonomía, la racionalidad y la posesión del sentido moral. Esta posición pretende diferenciar al ser humano de la persona. Según el autor, el ser humano pasaría a ser persona en la medida que tenga capacidad autoreflexiva y sentido moral, lo que lo lleva a afirmar que "No todos los seres humanos son personas. Los fetos, los infantes, los retrasados mentales graves y los que están en coma irreversible constituyen ejemplos de no-personas humanas. Tales entidades son miembros de la especie humana. No tienen estatuto, en sí y por sí, en la comunidad moral. No son participantes primarios en la empresa moral. Sólo las personas humanas tienen este estatuto" (Engelhardt H.T, The foundation of bioethics, Oxford University Press, New York ).

Considerar a la persona en virtud de su capacidad de reflexionar en torno a sí mismo, lo sitúa en una perspectiva empírica que le atribuye valor dependiendo del estado de desarrollo en el que se encuentre. Esto ha llevado a que algunos autores postulen que el huevo fecundado no es un ser humano ni una persona desde el principio, sino que poco a poco en la medida que se va desarrollando. Desde el punto de vista ético esto implica que la destrucción de este organismo al inicio no es errada, pero poco a poco comienza a serlo. Así, el derecho a que se le vea respetada la vida comienza de cero y va creciendo con el desarrollo del feto, alcanzando su máximo después del nacimiento y hasta la madurez, para luego declinar junto con las alteraciones físicas y psíquicas del anciano.

Las consecuencias de similar manera de comprender al embrión es el rechazo de una definición del ser humano en cuanto tal. Esto trae como consecuencia que exista la posibilidad que animales no humanos se incluyan dentro de la categoría de persona en la medida que estuviera dotado de cierta forma de autoconsciencia. Por otra parte, una mirada de corte meramente funcional o utilitarista de la persona confunde el orden del ser con el orden del tener o del actuar. Así, la persona queda reducida a un conjunto de actos y operaciones privadas de un sujeto que la sostenga y al cual se pueda hacer referencia.

Esta manera de concebir al ser humano termina de modo implícito en la primacía de los más fuertes por sobres los más débiles. Al respecto, Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium Vitae plantea que hay una mentalidad que "tergiversando e incluso deformando el concepto de subjetividad, sólo reconoce como titular de derechos a quien se presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía y sale de situaciones de total dependencia de los demás. También se debe señalar aquella lógica que tiende a identificar la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal y explícita y, en todo caso, experimentable. Está claro que, con estos presupuestos, no hay espacio en el mundo para quien, como el que ha de nacer o el moribundo, es un sujeto constitutivamente débil, que parece sometido en todo caso al cuidado de otras personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de afectos. Es, por lo tanto, la fuerza que se hace criterio de opción y acción en las relaciones interpersonales y en la convivencia social. Pero esto es exactamente lo contrario de cuanto ha querido afirmar históricamente el Estado de derecho, como comunidad en la que a las 'razones de la fuerza' sustituyen la 'fuerza de la razón" (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae 19).

Desde el punto de vista de la aceptabilidad social de estas posiciones, es legítimo preguntarse si corresponde imponerle a la noción de persona significados diversos, vinculados a tal o cual perspectiva filosófica para después atribuírsela al embrión. De ser así nos situamos en el ámbito de la arbitrariedad, puesto que deja al embrión a merced de la definición que se tenga respecto de él a priori, y no de lo que es. Creo que el concepto de persona no se ha de desvincular de la evidencia empírica que ofrece la realidad que nos dice que cuando estamos en presencia de un embrión humano, estamos en presencia de un ser que pertenece de modo irrevocable a la especie humana y, por lo tanto, merecedor de un incondicional respeto. Es uno más de nosotros.

d. Visión ontológica-sustancialista

La visión ontológica-sustancialista pretende fundar la comprensión de la persona en razón de su sustancia y no de su funcionalidad. Es decir, a partir de lo que es y no de su capacidad de sentir, de lo que hace, o de que haya sido aceptado.

No se trata de desconocer el valor de los signos o las manifestaciones de la persona, se trata solamente de reconocer que el ser persona no puede argumentarse sobre la base de datos empíricos, sino que más bien al interior de una concepción integral del ser, cualitativamente diverso al resto de lo creado. Esta óptica propiamente metafísica no se conforma con una definición nominal o convencional de la persona ni con una descripción de sus operaciones. Se interesa por recoger el elemento constitutivo con el fin de alcanzar su verdad última: su esencia.

La persona posee un modo de ser absolutamente originario, ontológicamente incomunicable, que lo distingue cualitativamente de las demás especies. Por otra parte, es en virtud de sus características del todo particulares que, en el orden del actuar, es capaz de trascender su propio ser y abrirse al amor, al conocimiento, a la búsqueda de la verdad y al bien.

Con lo recientemente planteado no se pretende negar, bajo ningún punto de vista, el nivel somático de la persona que es parte integrante de su ser en cuanto corpóreo. De hecho, es la individualidad biológica lo que constituye primariamente la individualidad personal. Lo que significa que el ser humano, visto desde el punto de vista biológico, es indisociable del ser persona, visto desde el punto de vista metafísico. Si no ha sido un ser humano desde el momento en que fue fecundado no lo será nunca y si lo es no puede sino ser una realidad personal.

El intento de esta visión es entrar en el ser en cuanto tal. Dando al dato empírico el valor que posee, esto implica reconocer su incapacidad de penetrar en toda su densidad en el estupor que significa estar en presencia de una persona y la dignidad que lleva grabada en cuanto tal. Lo humano que se recoge de la biología no se opone a lo humano que surge de la metafísica, por el contrario, ayuda a afirmar que cuando estamos en presencia de un ser humano estamos en presencia de una persona. La unidad que existe durante todo el desarrollo del individuo humano, desde la fecundación hasta la muerte, no es simplemente una continuidad biológica sino que también de todo el ser, corporal y espiritual. Este desarrollo se realiza de modo progresivo.

Algunos autores rechazan esta posición debido a que hasta los catorce días desde el momento de la concepción se puede producir el fenómeno de la gemeralidad. Como es sabido, los gemelos monocigotos se originan por la separación de algunas células aún indiferenciadas y totipotentes del embrión. Después de la separación de la célula, que puede llevarse a cabo antes del anidamiento, al embrión original se le suma un nuevo embrión genéticamente idéntico al primero, puesto que proviene del mismo óvulo fecundado. Norman Ford, un teólogo norteamericano, plantea en su libro "¿Cuándo comencé?" que si este hecho puede darse, implica que el embrión original aún no estaba individualizado de modo definitivo, dado que ha originado a dos individuos. Varios autores muy autorizados plantean que este hecho no se refiere a una división de un embrión en dos, pero de la generación asexuada de un embrión por separación de una o más células, por lo que no es un sistema individual que se divide, sino más bien un nuevo sistema viviente que tiene su origen en el primero.

e. Visión jurídica

A la luz de las diversas posiciones que existen en torno al embrión, algunos autores han preferido optar por una posición práctica frente a la pregunta acerca de su estatuto. Según ellos, dada la imposibilidad de ponerse de acuerdo acerca del ser del embrión, conviene establecer de común acuerdo la responsabilidad colectiva frente a él.

Se pone entre paréntesis la realidad del sujeto para confrontar la pregunta acerca del hacer a la luz de lo postulado por la ley. Desde esta perspectiva resulta irrelevante la pregunta acerca de qué es o quién es el embrión humano, para abrir paso a la pregunta acerca de qué dice la ley respecto de lo que yo puedo hacer con el embrión. Algunas leyes dirán que se puede abortar hasta tal momento del desarrollo y otras, hasta este otro. Algunas leyes dirán que los embriones supernumerarios que surgen de las técnicas de fecundación artificial hay que eliminarlos después de cinco años y otras, después de tres, y así sucesivamente. La gran crítica que le hago a este proceder, además de obviar el aporte que hace la ciencia y la filosofía respecto de la realidad, es que identifica lo legal con lo ético, lo que es un grave error desde todo punto de vista.

Una postura de este tipo es muy perjudicial por cuanto se perfila como el triunfo de la opinión o la conveniencia por sobre la verdad que la realidad lleva grabada en sí misma, y que a la autoridad le corresponde dejar plasmada en la ley para que se vea respetada. Resulta además extremadamente peligroso que la opinión de la mayoría o que las conclusiones a las cuales se llega mediante las estadísticas se conviertan en criterio de verdad. También sería muy perjudicial que el comportamiento de las mayorías se convierta en criterio de discernimiento ético.

III. El privilegio de la duda

Está claro que este tema es fuente de un debate muy acalorado. La Iglesia reconoce que ningún dato experimental puede ser suficiente para reconocer un alma espiritual y ella no toma postura frente a la discusión que gira en torno a tan interesante tema. De hecho, la declaración acerca del aborto procurado emanada el 18 de noviembre de 1974 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, no se pronuncia sobre el tema de la infusión del alma espiritual. Tampoco es competencia de la ciencia referirse a aquello, puesto que la existencia de un alma inmortal no pertenece a su campo. Es una discusión filosófica, pero que es independiente de la afirmación moral que se haga acerca del respeto debido al embrión, puesto que basta que esta presencia sea probable (y no se podrá probar jamás lo contrario) para que terminar con esa vida signifique aceptar el riesgo de matar a un hombre.

Frente a la discusión de si el embrión es o no un ser humano que debe ser respetado en cuanto persona, se le debe otorgar siempre el privilegio de la duda y abstenerse, frente a la sola posibilidad de que lo sea, de realizar cualquier acto que pudiera atentar en contra de su vida. Resulta razonable y de alto valor ético cuidar la vida desde su inicio. Más aún si reconocemos que lo que se pone en duda son seres humanos como cada uno de nosotros.

Termino con las palabras de Juan Pablo II: ".está en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más allá de los debates científicos y de la mismas afirmaciones filosóficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación, desde el primer momento de su existencia, se le ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual" (Idem., 60).

Conclusión

Para La Iglesia resulta del todo fundamental proclamar el valor sagrado de la vida humana, vida dada por Dios y que al hombre le corresponde reconocer, respetar y promover. Es en el hombre donde la vida adquiere características del todo particulares, como lo es su capacidad de aprender, de amar, de optar libremente y de hacerse cargo de sus acciones. Desde este punto de vista cualquier intento de reducir al hombre a cifras o a un conjunto de interacciones moleculares por perfectamente organizadas que estén, es un reduccionismo antropológico que lo empobrece. El hombre no se comprende al margen de su condición espiritual. Es el alma espiritual que informa y da vida a su realidad corpórea, estructurándola. Alma creada por Dios y que genera un abismo infranqueable respecto de su valor y dignidad en relación al resto de la creación. En cada hombre, en todo hombre, está encerrado el sentido del universo y todo el valor de la humanidad. En este sentido cada ser humano, única creatura amada por sí misma, como lo planteara la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, es una unidad que tiene valor por sí misma y no una parcela más de la realidad posible de convertir en medio. Esta visión personalista del hombre se ve particularmente enriquecida por la fe cristiana, que se resume en el misterio de la Creación, la Redención y la especial vinculación que tiene el hombre con Dios que lo ha creado por amor y para el amor. Es en este particular don que se comprende la antropología cristiana que concibe al hombre como imagen y semejanza de Dios, y su hijo en el Hijo, Jesucristo el Redentor. Esta descripción muy sintética del ser cristiano obliga a tener una mirada del hombre que trascienda, aunque por cierto sin negar la mirada que de él puedan hacer las ciencias biológicas, económicas, jurídicas, sociológicas, o de cualquier orden. Esto es muy relevante porque la concepción que se tenga de la persona va a influir decididamente en la postura que se adopte respecto de ella y de las leyes que a ella se refieran. Todo discurso ético y todo marco legal presuponen una antropología. Desde este punto de vista, frente al hombre son las virtudes de la prudencia y la sabiduría las que han de abrirse paso en medio de una concepción del ser humano que pueda surgir de intereses económicos, científicos o políticos. Tal vez desde la mirada positiva y respetuosa que la Iglesia enseña respecto de la persona humana se entienda mejor su claro rechazo frente a todo aquello que constituya un atentado en su contra.


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