El Don de la Vida
Centro de Bioética
Facultad de Medicina PUC

Material de Bioética

Autor(es): Fernando Chomali
Los factores culturales que han opacado la sacralidad de la vida

Como nos recordara Juan Pablo II en su última encíclica, "Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo particular: la diaconía de la verdad" (FR 2). Verdad indisolublemente unida a Cristo y que la Iglesia tiene la obligación de custodiar. Célebre es la frase de Pablo VI en la Encíclica Humanae Vitae que sostenía: "No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero ésto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar , sino para salvar, El fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas" (HV 29).

Las amenazas en contra de la vida que se insertan en el contexto de cambios en los que estamos inmersos, rápidos y progresivos, han propiciado una verdadera transformación social y cultural, con específicas consecuencias en el ámbito de lo religioso (GS 4).

Estas amenazas tienen una característica que le son muy propias. En efecto, Juan Pablo II llegó a afirmar con dolor que "con el tiempo las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los "Caínes" que asesinan a los "Abeles"; sino de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El siglo XX será considerado una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros han logrado el mayor éxito posible" (EV17).

Esta reflexión muestra, de manera muy resumida, el conjunto de factores y de ideas que durante este siglo han ido configurando, lo que el Papa califica, una "cultura de la muerte". Es un tejido complejo que en su conjunto nos pueden llevar a comprender las causas de un sistemático oscurecimiento del valor de la vida y su sacralidad.

La tesis que atraviesa toda esta exposición es que todos estos atentados que han llegado a configurarse como una verdadera "conjura en contra de la vida", hunden sus raíces en una visión inadecuada y parcial del hombre. En este sentido la denuncia que realiza la Iglesia de todo lo que atenta en contra del ser humano no es un mero capricho sino que brota del mandato que tiene de anunciar la verdad acerca de él y de su dignidad en cuanto creado a imagen y semejanza de Dios, constituido de cuerpo y espíritu, creado por amor y para el amor, pecador pero redimido y llamado a la vida eterna. Este hombre, concreto y real, posee un valor sin igual, es indisponible y sujeto de derechos, empezando por el derecho a que sea respetada su vida.

A la luz de este anuncio, tratar estos temas a la luz del mensaje cristiano, nos sitúa en el corazón de lo que dijera Juan Pablo II al Episcopado Latinoamericano reunido en Puebla: "Cuando un pastor de la Iglesia anuncia con claridad y sin ambiguedades la verdad acerca del hombre revelada por aquel mismo que conocía lo que en el hombre había, debe animarlo la seguridad de estar prestando el mejor servicio al ser humano". La urgencia de anunciar la verdad acerca del hombre está exigida al enfrentarnos, según el Pontífice, con la paradoja del humanismo ateo que caracteriza este siglo, que por una parte se proclama como la época de los antropocentrismos y los humanismos, y por otra parte muestra el rostro de la época de los valores humanos conculcados como jamás los fueron antes. En definitiva, nos hallamos frente al drama del hombre amputado de una dimensión esencial de su ser -el absoluto- y puesto así frente a la peor reducción del mismo ser (cf. RH13).

En primer lugar haré una descripción de las matrices filosóficas e ideológicas que han condicionado este panorama en contra de la vida calificado por el Papa como "un espectáculo verdaderamente alarmante" (EV 17). En segundo lugar me referiré a la manera en que la ciencia y los poderes públicos han acogido estas ideologías. En tercer lugar señalaré la influencia de algunas corrientes de pensamiento en el ámbito de la teología moral sobre temas tan delicados para la vida del hombre como la sexualidad y la procreación, que, tratados de modo inadecuado, también han ofuscado una adecuada comprensión del hombre y de sus actos. Por último haré una breve reflexión acerca de la urgencia de seguir anunciando a Jesucristo por constituir éste el único camino que permite pasar de una cultura de muerte a una cultura de vida.

Visión determinista del hombre

Se ha ido enquistando en la sociedad la idea de qué los hombres no son libres sino que están determinados sicológicamente. Este determinismo adquiere especial relevancia en la esfera de lo sexual. Para Freud, por ejemplo, no es la persona la que se manifiesta y actúa por la sexualidad sino al contrario, es la sexualidad la que se expresa y estructura la personalidad con sus dinamismos más profundos. Así es la sexualidad en cuanto fuerza original y originante de la persona lo que va construyendo al ser humano, y no al revés. En esta concepción reductiva del ser humano, el rector de la vida es el placer narcisista, y la conducta está impulsada desde el subconsciente por este deseo.

En esta misma línea, incluso las manifestaciones más geniales y espirituales de la personalidad, como el arte y la cultura, no serían sino el producto de estos dinamismos y estrategias del narcisismo del hombre en busca de placer.

Esta visión del hombre ha cambiado la concepción clásica de la sexualidad y su relación con la persona, dando origen a una linea de pensamiento de corte determinista que postula que todos los sufrimientos de la persona se deben a la represión de las pulsiones sexuales. Bajo este supuesto, la educación clásica es una gran represión, la cultura de los deberes no es otra cosa que el resultado de una gran neurosis colectiva, y la religión no sería más que la expresión de una humanidad que proyecta en Dios la necesidad infantil de un padre que lo proteja y lo asegure. Un amplio espectro de manifestaciones literarias y cinematográficas proyectan esta visión del hombre. Esta visión se manifiesta en nuestra sociedad en la manera como se aborda la educación sexual. Se habla de "sexo seguro" en cuanto que lo único importante de la relación sexual es no quedar esperando un hijo o infectarse con el VIH, pero se hace caso omiso de la capacidad que tiene el hombre y la mujer de integrar la sexualidad en el contexto de una entrega de amor, total, fiel, para siempre y abierta a la vida.

Visión materialista del hombre

Un segundo elemento a considerar en este recorrido histórico, que ha influido notablemente en la esfera de la sexualidad, la vida y la familia, es la visión materialista de la realidad postulada por Marx y Engel. Recordemos que Engel en su libro "El origen de la propiedad privada y del Estado" veía en la diferenciación de sexos la primera forma histórica de la lucha de clases. Así la revolución del proletariado incluye también una revolución sexual en vistas a demoler la moral clásica.

La propuesta fundamental de estos autores es que la familia ha de estar estrechamente vinculada a la producción. Así ella es un instrumento en orden a ésta, y por lo tanto tiene un carácter meramente utilitarista y funcional que incluye, también, el ámbito de la sexualidad. En este contexto, el papel de la mujer sufre una gran transformación por cuanto también se concibe en orden a la producción y al trabajo. Más aun, las relaciones de producción determinan también las representaciones que los hombres, insertos necesariamente en esas relaciones, se hacen de la realidad. Bajo esta nueva mirada se llega a sostener incluso que si el embarazo impide producir, entonces se debe abortar. Recordemos que la Unión Soviética fue uno de los primeros estados en legalizar el aborto. Ello aconteció el año 1920 dejándolo a la libre elección de la mujer. Este mismo país, en virtud de un fuerte deterioro de la tasa de la natalidad, lo derogó años más tarde, volviendo a implantarlo el año 1955. Como puede apreciarse, el ser humano pasa a ser absolutamente irrelevante y sin valor en sí mismo, quedando supeditado a otros intereses como el orden social, económico o simplemente ideológico.

Esta visión materialista de la vida, de la persona y su sexualidad, así como de la historia, ha ejercido una gran influencia tanto en círculos intelectuales como en la cultura de grandes sectores de la población.

Bajo el alero antropológico e ideológico recientemente presentado surgen personas como Simone de Beauvoir que postulan que el trabajo es el lugar y la forma adecuada para que la mujer se desarrolle, por lo tanto requisito fundamental para que se emancipe. Esta emancipación está exigida por el hecho de que la mujer lleva grabada un estereotipo de comportamiento - que está dado por las tres K: kinder, (niños), kirche, (Iglesia), küche, (cocina) - que no son elementos ni propios ni fundantes de su naturaleza sino que solamente un estereotipo. Para ella, la manera de liberarse de este verdadero estigma social y cultural es mediante el trabajo. Así mientras más trabaje, más mujer, mientras menos madre, más mujer. Sólo bajo estas nuevas condiciones la mujer pasará del ámbito doméstico-familiar, al ámbito político-social que le es más propio.

La píldora Pinkus e informe Kinsey

Un tercer elemento que se suma a los anteriores es la introducción de la píldora pinkus en los años en que la mujer contestaba su rol circunscrito al ámbito de lo meramente familiar. La píldora anticonceptiva oral, en este sentido, representa todo un símbolo en cuanto que abre paso a una nueva era, en la vida de la mujer. Desde ahora le es posible controlar la fertilidad y separarse de ella. El hecho de "liberarse" mediante el uso de una píldora de la maternidad sin renunciar a la vida sexual sentó las bases para poner en discusión la moral tradicional en materia sexual, abriendo paso a una mentalidad que considera la vida, que de suyo puede surgir del encuentro sexual, como un enemigo.

Un cuarto elemento es el informe Kinsey. Este informe llevado a cabo por este zoólogo Norteamericano en los años 50 muestra con estadísticas y porcentajes los resultados de una amplia investigación llevada a cabo en la sociedad de América del Norte acerca de los comportamientos sexuales. El autor planteaba que "el comportamiento sexual es un mecanismo relativamente simple que da paso a la reacción erótica cuando los estímulos físicos y psíquicos son suficientes y por esto, no tiene sentido apelar a categorías como el bien y el mal, lo lícito o ilícito, lo normal o anormal". La tesis de fondo que postula este zoólogo es un determinismo biológico que se descubre a través de los comportamientos de las personas. De allí surge la ecuación de que la realidad de comportamiento de los individuos es la pauta de la normalidad y a ello hay que atenerse a la hora de hacer un juicio moral.

Detrás del informe Kinsey está la teoría que la estructura social, al pasar de una sociedad agrícola a una industrial, lleva consigo al mismo tiempo un cambio cultural que necesariamente involucra la sexualidad y la familia. Y frente a este cambio, dado que es un hecho, sólo cabe la actitud de asumirlo. Esta mirada del hombre niega toda valencia moral de los actos humanos y sobre todo la libertad de la persona y su capacidad de descubrir el bien y optar por él. No interesa si son buenos o malos, lícitos o ilícitos. Lo que interesa es describir los cambios con la única finalidad de adaptarse. Lo grave de esta lectura de la realidad es que los cambios sociales adquieren un valor absoluto en cuanto que son irreformables. Así, no se cree que el hombre es el protagonista de la historia y de la cultura que está llamado a aceptarla, rechazarla o modificarla según su vinculación con la naturaleza inscrita en la realidad de las cosas y de modo particular del hombre, sino que al revés, es la cultura la que conforma al hombre y de alguna manera lo crea. Toda la teoría de la llamada "diversidad de género" encuentra aquí su fuente de inspiración en cuanto los conceptos de masculinidad y feminidad serían meros estereotipos de orden cultural y no dimensiones objetivas de la realidad del ser humano, en cuanto hombre o mujer. Esta manera de comprender el ser del hombre desde el hacer es equivocada. Por el hecho que una gran parte de los hombres sigan una determinada línea de conducta no implica que su actuar sea correcto. Lo dicho por Juan Pablo II en la Encíclica Veritatis Splendor adquiere gran valor: "...las ciencias humanas no obstante todos los conocimientos de gran valor que ofrecen no pueden asumir la función de indicadores decisivos de las normas morales" (VS 112). Es por esto que "la teología moral aún sirviéndose necesariamente también de los resultados de las ciencias del hombre y de la naturaleza, no está en absoluto subordinada a los resultados de las observaciones empírico-formales o de la comprensión fenomenológica" (VS 111).

La teoría de Marcuse y la Neomalthusiana

Otro elemento a considerar para comprender la situación actual es la teoría de Marcuse. Según él, las revoluciones tanto francesa como rusa corresponden a la primera etapa de la revolución social. La segunda revolución ha de ser la de las personas y de modo más específico del eros. Así, el hombre será auténticamente libre cuando libere el eros. Según Marcuse la existencia misma de la civilización depende de la abolición gradual de todo lo que constriña las tendencias instintivas del hombre, del fortalecimiento del instinto vital y de la liberación del poder constructivo del eros. Para ello hay que liberar al hombre de la estructura familiar que no es otra cosa que una cárcel, así como del trabajo que se realiza mediante la sustracción de la energía sexual. Para el autor: "Si Prometeo es el héroe cultural del esfuerzo y la fatiga, la productividad y el progreso a través de la represión, los símbolos de otro principio de la realidad deben ser buscados en el polo opuesto. Orfeo y Narciso defienden una realidad muy diferente. Su imagen es la del gozo y la realización". Bajo el alero de estas teorías nace la educación sexual como un derecho y el embarazo como una condición indeseada de la que hay que liberarse. Parte integrante de estos "derechos" es el acceso a todos los medios disponibles para evitar el embarazo, o para abortar en caso que el método utilizado no haya funcionado correctamente.

Por otra parte, no menos importante para ir creando un ambiente cultural en contra de la vida han sido las teorías neomalthusianas. Malthus era un canónico anglicano que propuso a los inicios del siglo XIX la necesidad de controlar los nacimientos debido a la supuesta falta de víveres para la humanidad. Según él, la población crecía de modo geométrico y los recursos alimenticios de modo aritmético. Malthus propuso como solución que se postergaran los matrimonios, por una parte, y la abstinencia por otra. Malthus fue el que proporcionó las bases teóricas de las políticas antinatalistas con que despedimos este siglo. Se trata del neomalthusionismo.

El entonces presidente del Banco Mundial Mc Namara decía el año 1968 que "como organismo de desarrollo debemos dar prioridad al problema demográfico y pedir que los gobiernos que pretenden obtener nuestra ayuda hagan otro tanto, y adopten una política capaz de estabilizar la tasa de crecimiento demográfico". Estas políticas tan agresivas están avaladas por una serie de estudios con marcado acento apocalíptico que veían en el crecimiento un peligro para la supervivencia de la humanidad. Así, por ejemplo, el Comandante Jacques Cousteau, inquieto por el tema, postulaba la necesidad de reducir los habitantes de la tierra a 600 o 700 millones, puesto que sería la único medida eficaz para proteger a los hombres de sí mismos.

Para Juan Pablo II, estas políticas están presentes debido a que los poderosos de la tierra consideran "como una pesadilla el crecimiento demográfico actual y temen que los pueblos más prolíficos y más pobres representen una amenaza para el bienestar y la tranquilidad de sus países. Por consiguiente, antes que querer afrontar y resolver estos graves problemas respetando la dignidad de las personas y de las familias, y el derecho inviolable de todo hombre a la vida, prefieren promover e imponer por cualquier medio una masiva planificación de los nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que estarían dispuestas a dar, se condicionan injustamente a la aceptación de una política antinatalista" (EV 16). El Papa habla de una guerra de los poderosos contra los débiles (EV 12), calificando al Estado que avala el aborto como tirano y la libertad que promueve las prácticas abortivas como perversa e inicua, haciendo de la legalidad y la democracia una mera apariencia (EV 20).

Está claro que este esquema de bajar la natalidad sugiere que los métodos anticonceptivos y los abortos no son más que un arma política de dominación económica y de las personas, especialmente las más pobres.

Manipulación del lenguaje y medios de comuniación

A este panorama hay que sumarle otro factor cultural de la máxima importancia. Se trata de la manipulación del lenguaje. Ya pertenece al léxico habitual de muchas personas y de documentos internacionales hablar de "salud reproductiva", de "sexo seguro", de "derechos reproductivos", de "derechos sexuales" e incluso de "aborto seguro", o de "interrupción voluntaria del embarazo". Este lenguaje que goza de gran ambigüedad en cuanto a su contenido, ha ido paulatinamente promoviendo, sino imponiendo la idea de que no existe ninguna vinculación entre la actividad sexual, la conyugalidad, la procreación y la familia. Este proceso cultural ha logrado romper a nivel teórico como práctico el nexo indisoluble que existe entre el amor entre un hombre y una mujer, y la vida, entre el aspecto unitivo y procreativo de la relación conyugal, haciendo de la procreación un hecho meramente circunstancial. Gran eco ha tenido esta nueva manera de comprender al hombre y su sexualidad en el ámbito político internacional y en las Conferencias Mundiales de la Población, de la Mujer, de Desarrollo Social, etc. También en las legislaciones de muchos países el aborto no sólo goza de reconocimiento legal sino que también de la asistencia para su realización por parte del Estado, pasando de un delito a ser un derecho (cf. EV 11), siendo considerado erróneamente como signo de progreso y conquista de libertad (cf. EV 17).

Los medios de comunicación social

Otro factor que ha contribuido a acentuar este fenómeno de independizar el ámbito procreativo que toda relación conyugal lleva grabada en sí, han sido los modelos de comportamiento presentados por los medios de comunicación social como deseables y que han asumido el rango de valor. Ello ha llevado a que muchos medios, en la práctica, consideren la esfera de lo afectivo y sexual como un producto que se vende, se transa o se compra. Hoy el comportamiento sexual de las personas está muy influenciado por los hábitos que se han adquirido en el uso de los bienes de consumo. Así nos encontramos que los criterios que hay detrás de la actividad sexual de las personas es el máximo de placer y el mínimo de riesgo. Este fenómeno no ha sido adecuadamente tomado en consideración y ha contribuido enormemente en primer lugar a exacerbar los dinamismos instintuales de la persona y a deprimir un sano espíritu crítico inspirado en valores como el dominio de sí mismo, la auténtica libertad, y el amor como donación total y trascendente.

Individualismo

En su raíz más profunda nos encontramos frente a una concepción materialista de la vida donde el vértice de ella es el consumo inspirado por los valores del tener, del poder y del placer, que adquieren valor absoluto. Esta visión de la vida es atea en la práctica, ya que vive en definitiva sin relación a lo trascendente, siendo el gozo un fin en sí mismo y reduciendo al hombre a un mero productor y consumidor (cf. CA 36). De esta ética individualista se nutre la mentalidad abortiva de los países más desarrollados económicamente. El hombre se concibe como dueño de sí mismo y la valencia moral de sus actos está dada por el hecho de que sean "libres". Así la libertad pura, despojada de todo contenido objetivo es el elemento constitutivo de la consciencia. La bondad de un acto radica en el hecho de que es producto de una decision libre. Ello es el criterio de moralidad. Detrás de estas teorías presentes de modo implícito en las legislaciones que permiten el aborto, está lo postulado por Sartre en su libro "El Ser y la Nada": "Mi libertad no es una propiedad de mi naturaleza; ella es exactamente el tejido de mi ser. No se podría encontrar otro límite a mi libertad que la libertad misma". Como se percibe, se trata de una libertad despojada de su vínculo con la verdad y el bien, y por lo tanto una falsa libertad que termina en contra del mismo hombre. Esta visión brota de una inadecuada comprensión de su relación con la naturaleza y se manifiesta en dos tendencias particularmente significativas. La primera es considerar la naturaleza como mero material para la acción humana y su poder, olvidando su carácter creatural, así como su integridad. Desde esta visión, la naturaleza debe ser transformada porque bajo esas condiciones se presenta como un límite a la libertad del hombre y su negación. La segunda posición es aquella que considera la naturaleza como todo aquello que se sitúa fuera de la libertad del hombre. Desde esta perspectiva la naturaleza, -incluido el cuerpo humano tanto en su constitución como en sus dinamismos- no tendría un valor en sí misma sino el que le atribuya la libertad. Está claro que, en relación al tema que estamos analizando, concebir la naturaleza humana de esta manera es vaciar de significado y de valores morales al cuerpo humano, en virtud de que sería extrínseco a la persona. Es, en definitiva a la libertad a la que le corresponde constituir su valor. De allí la urgencia de volver a reflexionar acerca del cuerpo humano y evitar el reduccionismo de considerarlo sólo un complejo sistema de interacciones fisiológicas y mecanismos organicamente interrelacionados por el sistema. Una adecuada antropología plantea que el cuerpo es también la materia informada por el espíritu. Esto tiene grandes repercusiones en el orden ético puesto que el cuerpo no es un elemento accidental de la persona sino que sustancial en cuanto se identifica con el ser de la persona. Es la modalidad de ser presencia en el mundo y estar presente como apertura hacia los demás. Por el cuerpo y a través del cuerpo se expresa la persona. Esto adquiere especial relevancia en una de sus notas más características cual es su capacidad de amar, amor que en el contexto conyugal es corporal y espiritual. Las consecuencias de no apreciar esta visión del hombre se constituye en la puerta de entrada para considerar la naturaleza humana como puro material biológico y social (cf. VS 46).

Algunas corrientes teológicas

Esta visión del hombre y de su naturaleza se ha difundido bajo la forma de subjetivismo moral, que postula la imposibilidad de fundar una moral ya sea en los hechos, ya sea en los valores objetivos o trascendentes, sino sólo en la "opción" autónoma del sujeto.

Otro factor que ha influido notoriamente en el fenómeno de ir borrando los límites entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, ha sido el proliferar de ciertas corrientes teológicas en el plano de la reflexión moral . Me refiero a las teorías teleológicas y proporcionalistas que para hacer un juicio acerca de la bondad o maldad de un acto, enfatizan tanto la intención del acto moral, así como en la proporción de los valores que están en juego, que han puesto en un segundo plano el objeto del acto, que también debe de ser juzgado desde el punto de vista moral, independientemente de la intención o el fin que se pretenda alcanzar, o las razones que haya llevado a asumir tal opción. Al respecto Juan Pablo II dice que hay que rechazar la tesis característica de las teorías recientemente mencionadas "según la cual sería imposible cualificar como moralmente mala según su especie -su objeto- la elección deliberada de algunos comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intención por la que la elección es hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas" (VS 79).

Por esta vía también se ha llegado paulatinamente a negar la existencia de un orden moral objetivo que está estrechamente vinculado con el bien de la persona mirado a la luz de la verdad inscrita en su naturaleza. Cuando se pone en duda la existencia de una verdad objetiva que la realidad lleva grabada en sí misma y que al hombre le corresponde descubrir, entonces resulta comprensible que se desfonde absolutamente el discurso ético y que se reduzca a pactos o acuerdos según conveniencias políticas, ideológicas, etc. Para el Papa resulta "... una utopía pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor, y toda la existencia, según su verdadero significado y en su íntima correlación" (EV 97).

En relación a este factor, para comprender el hoy quisiera dar un paso más y al menos mencionar cuál es, a mi juicio, la raíz que alimenta este empobrecimiento de la ética. Se trata de la falta de un pensar auténticamente metafísico, y por lo tanto el postular al hombre como un ser incapaz de conocer verdades objetivas que broten de su ser. Como consecuencia de aquello cada vez con mayor frecuencia se plantea, como lo afirma el Pontífice, que "las coordenadas espacio-temporales del mundo sensible, las constantes físico-químicas, los dinamismos corpóreos, las pulsiones psíquicas y los condicionamientos sociales parecen a muchos como los únicos factores realmente decisivos de las realidades humanas" (VS 46). Sobre este punto quisiera detenerme brevemente.

El positivismo

A partir del siglo XIX se ha impuesto con fuerza el positivismo como paradigma de comprensión de la realidad, restándole valor significativo al conocimiento propiamente metafísico. La idea que está detrás de ello es que la sociedad se puede transformar mediante los conocimientos que aporta este nuevo saber y la técnica que de allí surge. Sin lugar a dudas que esta visión ha contribuido a pensar que el conocimiento, en vistas a la transformación de la realidad, es el único motivo y la razón de ser de la ciencia y no la búsqueda de la verdad. Este hecho ha llevado no sólo a la parcelación del conocimiento sino que también a un reduccionismo antropológico. En ese sentido es bueno recordar que las ciencias humanas están capacitadas, por ejemplo, para responder acerca del cómo funcionan los mecanismos biológicos y moleculares del hombre, pero no están en condiciones en razón del ámbito de su competencia, decir la verdad acerca del hombre, cuál es su auténtico bien y menos dictar normas morales. Esta visión deja de ser un discurso propiamente científico adquiriendo la connotación de cientista. Ya los Obispos de América Latina había puesto en evidencia este hecho al decir: "La organización técnico científica de ciertos países está engendrando una visión cientista del hombre cuya vocación es la conquista del universo. En esta visión, sólo se reconoce como verdad lo que la ciencia puede demostrar; el mismo hombre se reduce a su definición científica. En nombre de la ciencia todo se justifica, incluso lo que constituye una afrenta a la dignidad humana" (Puebla).

La visión cientista del hombre es una de las formas como se presenta el ateismo según la constitución Pastoral Gaudium et Spes puesto que bajo la sola luz de la racionalidad científica pretenden explicar todo, o bien no admite la existencia de ninguna verdad absoluta (GS 19).

Esta situación quizás no sea otra cosa que producto de un gran escepticismo con respecto a los fundamentos mismos del saber y de la ética y, por lo tanto de la realidad del hombre, del sentido de su vida y de su ser en el mundo, incluyendo los deberes y derechos que le son propios. Este tema ha sido ampliamente tratado tanto en la encíclica Evangelium Vitae (11), así como en la Fides et Ratio (5).

Por esta razón Juan Pablo II decía que "la armónica composición de la visión y de los resultados de las ciencias positivas con los valores éticos y los horizontes de la antropología filosófica y teológica constituyen una urgencia primaria en los umbrales del tercer milenio" (Discurso a los miembros de la Academia por la Vida, 1995). En ese sentido todas las instancias de reflexión pueden hacer un gran servicio tanto a la Iglesia como a toda la humanidad. De esta adecuada relación entre filosofía y teología el hombre dispondrá, usando una hermosa frase de Juan Pablo II, de las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad (FR 1). Y una vez alcanzada pueda conocerse adecuadamente y actuar en consecuencia.

Perspectivas futuras

De este recorrido histórico, que permite comprender el contexto en el cual se ha ido desplegando una cultura que no valora la vida, surge con fuerza la necesidad de anunciar a Jesucristo, aquel que manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le hace descubrir la sublimidad de su vocación (GS 22). En este sentido la enseñanza de la Iglesia se mueve en un contexto de esperanza y de optimismo en cuanto a que posee la certeza que la antropología cristiana es la única capaz de dar una respuesta adecuada a las grandes preguntas que inquietan al hombre contemporáneo como lo son el sentido de la sexualidad, el amor, la familia, así como de la vida, de la muerte, del dolor y del otro. Desde este punto de vista es innegable el aporte que puede hacer la teología, que sin menospreciar el dato que aporta la ciencia, y la capacidad del hombre de conocer la verdad a la luz de la razón, fundamenta su saber en la Revelación divina, en la Palabra de Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros. Con qué fuerza resuenan las palabras pronunciadas por Pablo VI en su discurso frente a los participantes en el Concilio Vaticano II. "Para conocer al hombre integral hay que conocer a Dios". En una gran e insustituible misión está inmersa la Iglesia: anunciar a Dios revelado en Jesucristo para que el hombre se conozca a sí mismo y oriente toda su acción en el mundo en conformidad a ella.

Desde este punto de vista, en el siglo XXI la misión de la Iglesia aparece clara, indispensable e insustituible. Tanto para rescatar lo bueno que hay en la sociedad como para enmendar lo que no se compadece con la dignidad del hombre. Este, antes de ser creado, ya había sido elegido por Dios en Jesucristo, el Hijo eterno, para participar de la filiación divina por medio de la adopción, y para permitirle decir Abba, Padre y seguir creyendo, seguir esperando y sobre todo seguir amando.


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